En 1826 el pintor Francisco de Goya hizo este dibujo. Es un autorretrato que refleja en final de sus días, en el que puede leerse <<Aún aprendo.>>
Al parecer el origen de esta expresión estaría en la sentencia de Platón y Plutarco "anchora imparo" (todavía sigo aprendiendo), según el Museo del Prado, institución que hoy conserva la obra.
Se cree que lo dibujó porque en sus últimos años perdió agilidad y en Burdeos tenía que ir acompañado siempre por un joven para poder andar, y, enfadado, exclamaba: ¡Qué humillación, a los ochenta años me pasean como a un niño: es necesario que prenda a andar!
Más allá de la ironía que pudo dar origen a esta obra, cabe resaltar que la mejor etapa de Goya es la que desarrolló a partir de los 60 años.
Esta obra de Goya representa la humiladad de este artista y sus ganar de seguir superándose.
1 nov 2015
7 oct 2015
KOUDELKA EN MADRID
He aquí la obra de un fotógrafo nómada.
La muestra que dice al mundo que todo eso pasó: la guerra, la represión, la vida. Se expone en Madrid el trabajo de Josef Koudelka , testigo de la invasión de Praga por parte de los soviéticos, del día a día de los gitanos, el ingeniero aeronáutico que dejó su carrera para dedicarse a disparar con una cámara.
Una de sus fotografías más reconocibles: la hora exacta de la toma de Praga
Koudelka, que nació en Checoslovaquia en 1938, y a los 30 años decidió cambiar su trabajo por la fotografía. Su cámara retrató la toma de la capital y más tarde se dedicó a retratar las costumbres de un pueblo tan olvidado como marginado y mal entendido: los gitanos.
Vivió con ellos, dormía en el suelo y comía lo que ellos comían, a veces animales en mal estado, según ha confesado en alguna entrevista.
Koudelka pasó años fotografiando al pueblo gitano
Ha recibido premios importantes, como la medalla d ela Royal Society Photographer.
Koudelka, el hombre tras la cámara, se ha mostrado casi siempre con pocas ansias de protagonismo, y si bien aprovechó después las ventajas de trabajar para la agencia de fotografía Magnum, algunas de sus fotos las firmaba al principio como "P.P" (Prague Photographer).
Un soldado apunta a un civil en Checoslovaquia
La muestra que dice al mundo que todo eso pasó: la guerra, la represión, la vida. Se expone en Madrid el trabajo de Josef Koudelka , testigo de la invasión de Praga por parte de los soviéticos, del día a día de los gitanos, el ingeniero aeronáutico que dejó su carrera para dedicarse a disparar con una cámara.
Una de sus fotografías más reconocibles: la hora exacta de la toma de Praga
Koudelka, que nació en Checoslovaquia en 1938, y a los 30 años decidió cambiar su trabajo por la fotografía. Su cámara retrató la toma de la capital y más tarde se dedicó a retratar las costumbres de un pueblo tan olvidado como marginado y mal entendido: los gitanos.
Vivió con ellos, dormía en el suelo y comía lo que ellos comían, a veces animales en mal estado, según ha confesado en alguna entrevista.
Koudelka pasó años fotografiando al pueblo gitano
Ha recibido premios importantes, como la medalla d ela Royal Society Photographer.
Koudelka, el hombre tras la cámara, se ha mostrado casi siempre con pocas ansias de protagonismo, y si bien aprovechó después las ventajas de trabajar para la agencia de fotografía Magnum, algunas de sus fotos las firmaba al principio como "P.P" (Prague Photographer).
Un soldado apunta a un civil en Checoslovaquia
La obra se expone en la Fundación Mapfre y podrá visitarse hasta el 29 de noviembre.
Hace unos días el escritor Antonio Muñoz Molina describía así en este artículo al original artista:
El fotógrafo, el hombre de espíritu libre, es un gitano y un forastero en una sociedad totalitaria, un transeúnte en el mundo en el que cada persona está atada y grapada a su lugar obligatorio.
17 feb 2013
Hacia la belleza uniforme
Cuerpos en serie. Rostros calcados. Uniformes que bajo el nombre de "moda" visten a toda una población.
Antiguamente la producción de objetos no era tan perfecta como ahora. Los moldes para hacerlos y los materiales no eran tan buenos para ello, y por así el resultado era más artesanal. Imagino al escultor griego o romano haciendo bustos, a los albañiles de la Edad Media apilando las piedras, o al hombre de la Prehistoria construyendo lanzas. No eran perfectas seguramente, pero perseguían un fin: ser útiles para algo; para la caza, para la construcción, para adornar. Poco a poco la técnica, cada vez más avanzada, fue agudizándose, y ahora tenemos miles de objetos, algunos bastante complejos, fabricados en serie, la mayoría funcionando sin problemas. Ordenadores, neveras, barcos, coches, lápices. La lista es tan larga como hacer un simple repaso a un día cotidiano en ésta sociedad. Algo que ha sido muy útil para facilitarnos la vida.
Por supuesto, estoy hablando de cosas, de objetos. A veces parece como si las personas hubiésemos caído en una trampa profunda y creyésemos que los próximos en producirnos en serie vamos a ser nosotros mismos.
El ser humano necesita las cosas, porque de ellas nos valemos para vivir (cobijo, comida, vestimenta para no pasar frío...). Y también belleza. La belleza es una de las necesidades humanas más acuciantes, en todos los sentidos. Sin ella, sin su percepción, nos marchitaríamos; sin a penas vislumbrala nada tendría sentido. La belleza es la percepción de algo que gusta instintivamente.
Hoy parece como si la sociedad en que vivimos (bautizada como "Occidental", según los ojos de quien la mire) hubiese perdido los sentidos para percibir la belleza. Digamos que esta es una sociedad poco sensual, en la que los verdaderos sentidos: tacto, vista, olfato, oído, gusto; rara vez se entremezclan para admirar algo bello, o, mejor expresado, para sentirlo como tal (y a veces ni pensarlo). A veces da la sensación de que no ve belleza más allá de sus narices, y nunca mejor dicho, porque parace como si la belleza hoy en día entrase en las casas por la televisión o Internet, o en los miles de anuncios pegados en las calles. Y hay un mal considerado "objeto" que parece ser considerado el centro de la belleza en éstos días y lo único importante: el propio cuerpo. La obsesión del "Hombre de Vitruvio" elevada al máximo exponente, aquel dibujo de Da Vinci en el que aparece la figura de un hombre y cuyo centro es su propio ombligo.
Pechos operados, narices, alargamiento de pene, medidas 90-60-90. Mientras que casi la mitad de la población mundial tiene problemas de nutrición, la parte rica y con más recursos se debate entre la obesidad y los trastornos como la anorexia o la bulimia. No parece que el culto al cuerpo, por mucho que esta misma sociedad así lo crea, forme parte de su ideario central. Ni siquiera que forme parte de ella.
Porque realmente, ¿qué es la belleza? Y más allá de eso, ¿en qué consiste la belleza física?
Lo bello puede producir un revoloteo interior en la persona que lo siente así, puede ser un poema que conecta perfectamente con las emociones, una cara bonita cuyos rasgos tienen una simetría maravillosa, un paisaje con tonos casi imposibles, o el recuerdo almacenado en la memoria en el que unas notas que tocadas de esta forma evocan por sí solas belleza. Hoy a penas se aprecia belleza de este tipo en esta sociedad, o al menos, que se fomente su apreciación. Las canciones parecen hechas en una fábrica de sonidos acordes para la venta, los paisajes se sustituyen por publicidad o por las tiendas, y de los poemas a penas se tiene consciencia de los que se obliga a estudiar en la ESO.
Que el ser humano ha necesitado históricamente la belleza física es algo innegable. Ésta designaba qué especímenes estaban sanos y listos para reproducirse (hay experimentos que incluso concluyen en que las mujeres son más atractivas durante la ovulación precisamente por esta razón biológica), en una época en que la vida era mucho más efímera y falta de comodidades, distinguir la belleza física era de vital importancia. Científicamente se sabe que para que un cuerpo sea considerado bello debe tener unos cánones de proporción y una simetría. La llamada "belleza áurea" predica la medida del cuerpo debe ser la de siete veces la cabeza. Se supone que cuanto más simétrico sea el rostro, más bello le parece al cerebro humano.
Lo interesante es que demás de su biología, el ser humano parte de una construcción cultural en su base, es, por lo tanto, también cultura, y según las normas que marque dicha cultura así será considerado lo feo o lo bello. Han sido muchas la modas a lo largo de la historia, un cuerpo más voluminoso o menos, piel blanca o morena, ropas de un estilo u otro para parecer más atractivos. El ser humano es social y por ello tiene en sí el deseo de agradar a sus semejantes, con lo cual no es en absoluto condenable que quiera alcanzar la belleza y que no desee ser rechazado. Cada persona nace con unos genes que determinan su aspecto. Rubios, morenos, pelirrojos. De ojos verdes, marrones, azules. Más altos o bajos, delgados o gruesos, dependiendo por supuesto también de la raza a la que el sujeto pertenezca. Si bien eran ciertas las afirmaciones sobre la búsqueda y necesidad biológica de lo bello, la pregunta pertinente es entonces ¿Hasta qué punto la cultura determina lo que es bello o no?
La "Venus de Willendorf" sugiere que el cuerpo de la mujer era admirado así en la Prehistoria.
Hoy la interpretación belleza física parece estar tomando un camino no sólo bastante antinatural, si no enfermizo. El bombardeo constante de propaganda (casi más que publicidad) para conseguir un físico determinado toma todo tipo de formas: cremas antiarrugas, dietas milagro, clínicas de estética, gimnasios y en cada producto nuevo, casi siempre una mujer (aunque los hombre también son tocados, y cada vez más, por este circo mediático) anunciándolo. Todo lo que te hace bello es bueno. Siempre y cuando siga en concepto de belleza marcado hoy en día. En la mujer, un cuerpo delgado, joven, sin impurezas, con medidas tendentes a las ya mencionadas. En el hombre, se busca que marque su masculinidad, pero sin rudeza, no sin dejar de seguir la moda y prepararse tanto como la mujer para salir a la sociedad. Nada nuevo hasta ahora. Lo verdaderamente trágico es esa tendencia a la uniformidad de la belleza, a calificar como bonito ese cuerpo, ese rostro que sólo sigue unos patrones estéticos determinados por la llamada cultura occidental. La cultura del bisturí para transformar el propio cuerpo ha creado una oleada de fábricas de personas- maniquís, que cada vez se parecen más unas a otras; y cuando no se usan intervenciones médicas para ello se busca esa uniformidad por otros medios, como los trastornos alimentarios o las compras compulsivas. No hay nada de malo en que una persona quiera aspirar a la belleza, sí lo hay y es muy triste que crea encontrarla en la fabricación de seres humanos en serie, carentes de cualquier particularidad (que sería antiestética), o que no se plantee su propio concepto de lo bello más allá de su definición cultural. No estoy tratando por supuesto los casos extremos de disconformidad con el cuerpo (cambios de sexo, problemas físicos o grandes complejos). La globalización, que tanto ha podido beneficiar en otras cosas, ha acabado globalizando todo un estilo de belleza, y con ello, trastocando las mentes de quienes aspiran a él.
Maniquíes biónicos.
Cada cara, cada cuerpo, describe una historia. Es la historia de sus antepasados, de los cuerpos que precedieron y albergaron antes ése cuerpo, y de las circunstancias que vivieron. La sociedad de hoy ni siquiera se ha parado a reflexionar sobre este hecho.
Sin llenar de belleza esa identidad, más importante para el desarrollo humano que la belleza física, éste última no sirve de nada. Belleza para reconocer lo que es verdad, para pensarla y para actuar con libertad, otra de las características fundamentales de los seres humanos. El siglo XX ha marcado el camino que hoy se sigue recorriendo en este sentido; figuras célebres como Marilyn Monroe (la máxima representante) han sido iconos de caras bonitas sin expresión propia, de un tratar de mostrar belleza al exterior sin hacer uso de los propios sentidos para sentir la propia, y poco a poco se ha ido generalizando la idea de que hay que llegar a unos cánones que rara vez nos hemos cuestionado, quedando todos iguales y aspirando a lo mismo. ¿Tan poco somos, realmente, que estaríamos mejor siendo como fabricaciones en serie que sirven sólo para adornar? Y recalco "sirven", porque las cosas sirven, las personas no.
Digamos que más allá de la cultura estética, de alcanzar o no los objetivos de belleza, el cuerpo, el rostro, dan una identidad. Somos nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestra cultura, y nuestro cuerpo también. Y la belleza que percibimos.
9 ago 2012
María de Rumanía
Lo que más sorprende y caracteriza a este país son todas las influencias que este lugar de los Balcanes ha tenido a lo largo de su historia. El Imperio Otomano por un lado, lo húngaros por otro, la dinastía alemana...Y es que aunque Rumanía sea un Estado republicano democrático hoy, comunista hace apenas 23 años, también fue una monarquía.
Y hoy dedico este post a una mujer que fue fuertemente popular y es aún recordada por su carácter: la reina María.
María de Rumanía en un retrato.
Una de las mujeres que más huella dejó en este país...y eso que no era rumana. Al menos de nacimiento.
No. La reina María de Rumanía nació en Reino Unido. En 1875. Como todos los matrimonios reales de la época, el suyo fue de conveniencia, y se casó con el heredero al trono rumano con sólo 17 años, el entonces príncipe Fernando. Pero la I Guerra Mundial, en la que Rumanía participó dos años después, hizo que no fuesen coronados hasta 1922.A juzgar por sus cartas no fue un matrimonio feliz e incluso existen dudas de que los dos últimos hijos de la pareja no fuesen de su marido.
¿Y a qué se debió su popularidad? Básiamente a la labor que realizó durante la I Guerra Mundial en Rumanía, prestándose a ayudar a la Cruz Roja con los heridos y enfermos. Más tarde colaboró activamente en causas benéficas y de reconstrucción de edificios.
María de Rumanía realizó labores sociales durante la I Guerra Mundial. Vídeo de Youtube.
Quiso estar presente el el Tratado de Versalles para presionar y conseguir ayudar para Rumanía.
Tuvo una gran influencia en el mundo político y gracias a ella el país consiguió aumentar un 60% su territorio, pues uno de sus objetivos era reunir en el país a todas las personas de habla rumana. Ganó las regiones de Besarabia, Transilvania y Bucovina, así como zonas del Banat, Crisana y Maramures.
En cuanto a sus hijos, Carol llegó a ser Rey, siendo proclamado Carol II. Perdió la relación con él al presionarle para casarse por conveniencia en un matrimonio dinástico, tal como había hecho ella.
Pero la reina era mucho más que su poder de influencia. Era también amor a las letras y a la cultura. Por eso escribió sus memorias tras la muerte de su marido u obras de ficción como <<La azucena de la vida>> o <<Hijo del Sol>>.
Murió en el Palacio Real de Peles, en Sinaia, en 1938. Sin embargo, su última voluntad aún no se ha cumplido: que su corazón descansase en Stella Maris, una capilla que ella misma mandó construir en el palacio de Balcic, Bulgaria. A día de hoy yace en el sótano del Museo de Historia de Rumanía en Bucarest.
Como curiosidad, citar a la escritora Dorothy Parker, quien le dedicó unos versos en su poema <<Comment>>:
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