23 sept 2012

El castillo de Iulia Hasdeu

Câmpina en sí no es una ciudad con encanto. Está situada a la entrada de los Cárpatos y al ser medianamente grande (su población es de 40.000 habitantes) es un lugar de paso obligado en la ruta Bucarest- Brasov (por eso también es una ciudad cara), 
A pesar de estar cerca lugares de gran belleza natural y valor histórico, como Sinaia o Predeal, Câmpina a penas tiene atractivo para el visitante, si se entiende por atractivo la mezcla de naturaleza e historia anterior. Aun así hay que tener en cuenta que en Rumanía los parajes naturales abundan a diestro y siniestro y aunque no sean del otro mundo siempre sorprenden a quien los contempla, incluso en los bosques más recónditos y simples, algo que también pasa en Câmpina.

Sin embargo, en cuanto a monumentos únicamente, la ciudad destaca por dos: la casa- museo del pintor Nicolae Grigorescu (probablemente el más reconocido dentro y fuera de las fronteras rumanas), y el castillo de Iulia Hasdeu.

De éste último quiero hablar en este post, no sólo por su valor turístico sino también por la historia y leyenda que tiene detrás.

Avanzando por una carretera no muy alejada del centro, uno se encuentra de repente con un castillo en la otra acera. No es un castillo colosal, no destacan sus torreones, ni tiene foso. Ni siquiera tiene muchos años, pues data del año 1896, poco más de un siglo. Es gris y no muy alto, y decorado en la fachada con algunos símbolos masones. Le rodea un pequeño jardín con algunos árboles.


                                                                                     Castillo- Museo Iulia Hasdeu

Siendo así, ¿porqué debería interesar un pequeño monumento que no tiene nada especial? Porque el valor del castillo de Câmpina no está tanto en su estética, sino en la historia de su construcción y en la persona a quien hace referencia: Iulia Hasdeu. La leyenda que lo rodea y las circunstancias que le dieron vida han hecho de este punto una visita casi obligada si alguien viene a dar aquí.


¿Quién fue Iulia Hasdeu?

Fue la hija de  Bogdan Petriceicu- Hasdeu, un famoso filólogo rumano (según cuenta la leyenda dominaba 26 lenguas). Su madre también se llamaba Iulia. Nació en 1869 y a medida que creció su entorno quedó fascinado por su gran inteligencia: hablaba rumano, alemán (recordemos que Alemania tuvo una gran influencia en este país balcánico debido al origen de su monarquía), y francés. Con tan sólo 12 años marchó a París junto a su madre, donde estudió filosofía, tomó clases de pintura, canto, latín y griego, y perfeccionó el francés. Pero su pasión consolidada fue la poesía. Sintió una gran pasión por uno de los más grandes escritores de su época: Víctor Hugo. Cuando el autor de <<Los Miserables>> murió en 1885, Iulia escribió una carta sus padres narrando la desolación que sentía por su pérdida. Irónicamente la hija de su gran admirado escritor tuvo la misma suerte que ella, y más tarde su padres siguió el mismo camino que Víctor Hugo para superar el peor momento de su vida.
La joven, de gran talento, contrajo una pulmonía y murió a los 19 años, dejando su gran obra sin continuidad y a sus padres desolados.


                                                                              Iulia Hasdeu

El espiritismo y la obsesión

Tras la muerte de su única hija el matrimonio Hasdeu quedó hecho trizas. Bodgan Petriceicu Hasdeu, quien era considerado uno de los grandes intelectuales de Rumanía y que había sido muy activo en la vida política del país (unido al Partido Liberal), empezó a practicar espiritismo con el fin de comunicarse con su hija. De hecho empezó a escribir sobre ello, y fruto de esa obsesión nació la obra <<Sic Cogito>>, considerada el primer libro sobre espiritismo de Rumanía. Se dice que fue su hija Iulia, una vez muerta, quien le dio los planos sobre cómo hacer el castillo.
El castillo es un verdadero templo a la figura de Iulia, en él se exponen sus objetos personales, muestras de sus escritos, cuadros que pintó en Francia, retratos de la familia y algunos objetos cotidianos, como muebles. Tenía sin duda un grandísmo talento.


                                                                              Fotografía del interior del museo

Estéticamente, el castillo está cargado de simbología. En la fachada principal, con letras mayúsculas, destaca la inscripción: 2 IULIE (2 Iulias), que hace alusión a las dos mujeres, madre e hija, que tenían el mismo nombre.Bogdan Petriceicu Hasdeu, tras haber muerto su hoja y luego su mujer, empezó a celebrar el día 2 de julio en conmemorarión de ambas, pues Iulie en rumano es también el mes de julio.
El matrimonio estuvo viviendo aquí desde 1897, hasta diez años después, cuando murió Bogdan Petriceicu Hasdeu, el único que quedaba ya con vida (su mujer murió en 1902). A lo largo de su historia este monumento ha sufrido el abandono, el paso del tiempo, la dureza la la II Guerra Mundial (que se llevó por delante casas que Hasdeu había contruído al lado del castillo), y un terremoto. Fue en 1998 cuando fue empezó a funcionar como museo.

Información al vistante

El visitante puede encontrar información en esta página web.http://www.muzeulhasdeu.ro/en/index.php
La entrada cuesta unos 4 lei si no recuerdo mal (viene a ser 1 euro), y existe la posibilidad de tener un audio- guía. Venden libros sobre la figura de Iulia, su padre, espiritismo y otras obras de ambos. Los jueves es gratis.
No es un punto de parada obligada en absoluto, pero merece la pena para conocer más de cerca parte de la cultura de este país y en concreto de una época.

10 nov 2011

Bucarest: esbozo de una ciudad de contrastes


Se dice que el nombre "Bucarest" procede de la palabra Bucur, que en rumano significa "alegría", lo que daría lugar a que el nombre significase algo así como <<la ciudad de la alegría>>. No se sabe con certeza si la leyenda es cierta, pero lo que sí es verdad es que la capital rumana constituye el centro neurálgico del país y es precisamente aquí donde la población pueden acceder a una mayor oferta cultural y formativa.
Situada en el sur, en la región de Valaquia, ostenta además el título de ser la urbe más grande del país -contando con más de dos millones de habitantes.

Que Rumanía está cambiando mucho en los últimos años es algo que a nadie se le escapa: en 2007 entró junto con Bulgaria en la Unión Europea y desde entonces debe demostrar que se adapta a las normas de la Unión, además de recibir financiación de esta organización (como, por ejemplo para realizar Proyectos como el Voluntariado Europeo).Sin embargo,es en Bucarest donde se pueden ver grandes transformaciones a simple vista. Hoy sus calles son el mayor reflejo del giro que está dando el país: del abandono absoluto por la falta de recursos tras la caída comunista, a la introducción del capitalismo y el estilo de vida occidental.
Pasear por sus aceras supone ver constantemente andamios, grúas y demás artilugios para la construcción: el proceso de renovación de la ciudad es evidente, y se observa tanto en los lugares históricos como en las casas particulares o las carreteras. No es una ciudad especialmente colorida en lo que a edificios se refiere: el gris impera en cada una de sus avenidas y se percibe el abandono que las viviendas han sufrido durante años.


El visitante puede observar cómo en la ciudad se mezcla el pasado soviético con otro más lejano: el francés. Y es que, en los años 20 del siglo pasado Bucarest llegó a ser considerado << El pequeño París>>, debido al auge cultural llegado del oeste de Europa. Esta influencia se nota en las fachadas de muchas casas de la ciudad, y sobre todo en la zona de bares del centro de la capital, donde muchos restaurantes ofrecen sus cartas en francés.




                                                         Calle del centro de la capital



Las calles del centro, aunque muchas en obras, tienen un aire bohemio.La decadencia de algunos edificios que delatan haber brillado con luz propia en el pasado contrasta con el ajetreo de los bares y restaurantes de la zona, cuyos visitantes parecen ajenos a los cambios drásticos que está sufriendo la ciudad. Éste es el rincón por excelencia de la juventud, el turismo y el comercio: tiendas de sombreros tradicionales se entremezclan con franquicias turcas de Kebaab o pubs irlandeses, niños mendigando a los turistas que degustan su menú francés <<Made in Romania>>, y edificios como el del Parlamento -de la época de la dictadura-, lucen tanto por la noche como los escaparates de las tiendas Zara, Bershka o Mango, de implantación española.



    Zona comercial en la Piata Unirii, con las cadenas Bershka y Mc Donalds al fondo


               
                                                    El río Dambovita a su paso por Bucarest

El río Dambovita fluye tranquilo hacia el Danubio, mientras escucha el estrépito del enjambre de coches que pasa a su lado. Al lado de éstos muchas veces pasa el tranvía, no sin olvidar que en este Bucarest cambiante también es posible coger el metro, que funciona bastante bien.
Las marañas de cables telefónicos, como telarañas grises, se cuelan en cada foto que el visitante intente hacer, para dejar la huella de lo que es Bucarest en estos momentos.

Está claro que las calles de Bucarest están cambiando a pasos agigantados: grises, bulliciosas, sucias en muchas ocasiones... Pero siendo una ciudad de contrastes estas transformaciones se contrarrestan con la tranquilidad de sus numerosos y enormes parques.
A un país como Rumanía, de bosques espectaculares, le es muy difícil olvidarse de la naturaleza, incluso en la que es la capital del país, símbolo de los nuevos tiempos.
Son el lugar perfecto donde perderse unas horas y disfrutar.Incluso se puede pedir una bicicleta gratis por dos horas para pasear por la ciudad. Llenos de árboles y de vida, es un auténtico lujo pasear por ellos - especialmente en estaciones como el otoño, cuando la paleta de colores que muestran es fantástica-.
Algunos de estos parques cuentan además con lagos que los embellecen aún más.


REPASO DE IMPRESCINDIBLES

Llegando a Bucarest por el noroeste lo primero que uno se encuentra el el Arco de Triunfo y el Museo de la Aldea (Muzeul Satului). Este último es precioso, todo un museo al aire libre donde se exponen casas típicas de todas las regiones del país. Por ello me quiero hacerle una mención especial.
En este museo el tiempo parece haberse detenido, y caminar por este parque cultural es todo un disfrute, sobre todo en otoño, ya que son muchos los árboles de este lugar que empiezan a colorear sus hojas. No hay que olvidar que estas típicas casas rumanas están se contruyeron para estar integradas en la naturaleza, ya que los materiales utilizados en su construcción provienen en su mayoría de los bosques de la zona. Todas las construcciones del país están presentes, desde la región de Maramures hasta Valaquia o Moldavia.


                                           









                                             El Museo de la Aldea: Museo al aire libre


En el centro histórico destaca el Museo Nacional de Historia, en el que lo más destacable es una copia de la columna de Trajano y el llamado <<Tesoro Nacional>>: una recopilación de tesoros de Rumanía, desde siglos antes de Cristo hasta casi nuestros días. Este tesoro me gustó especialmente, tiene una gran colección de piezas de oro y, en si mayoría, joyas de diferentes épocas y culturas, lo que hace referencia también a las distintas civilizaciones que han poblado Rumanía.
El edificio tiene tres plantas, pero actualmente la última está en reformas. Para los jóvenes visitantes es especialmente barato: con el carné joven que acredita tener menos de 26 años, sólo se paga 2 lei por entrar (unos 40 céntimos de euro).

Si hay un edificio que destaca sobre los demás en todas las guías turísticas - y no sin razón-, ése es el Palacio del Parlamento. Se trata del segundo edificio más grande del mundo (por detrás del Pentágono), y forma parte del legado de la dictadura de Ceaucescu.Su construcción empezó en 1985 y en 1990 se planteó qué hacer con ello. Finalmente decidió utilizarlo como Centro de Congresos del Parlamento.

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