9 jun 2014

LA CULTURA DEL MIEDO

Llevaba tiempo pensándolo, pero no suele ser hasta que una inicia un viaje, cambia de ambiente y de perspectivas y sobre todo se ve realmente válida para salir adelante, cuando lo puede confirmar.

La vida es una. Y en países más "pobres" lo saben muy bien. Que sin los demás no somos nadie y que no controlamos absolutamente nada.

Que vivimos con demasiado miedo en nuestras casas de cristal sin rozarnos con el mundo real, que es mucho más libre. Y que no es bueno estar así, porque en realidad nos perdemos la vida de verdad.

                                             <<Abre la ventana y que la brisa te acaricie la cara>>

Pero al viajar, cambiar de gentes, ver otras costumbres y otras formas de tomarse la vida me he dado cuenta de que cada día debía confiar en algo, en desconocidos la mayoría, y sobre todo, no estar parada. Porque el miedo, paraliza.

El miedo se ha instalado en nuestra cultura, en nuestra forma de vida, en la de pensar también.  A pesar de creer que somos más libres que nunca por tener todos los medios a nuestra disposición, tener más formación que la que tenían nuestros abuelos o poder desplazarnos más fácilmente, tenemos miedo. 
Nuestra cultura respira miedo por los cuatro costados, y eso es algo que choca mucho al viajar a lugares que, desde aquí, siempre hemos considerado subdesarrollados, pobres, peligrosos... Todo esto, por supuesto, se traduce también en el pánico a los que son diferentes, o lo que es peor, el cerrarse directamente a tan siquiera conocer lo que es distinto, en vivir cómodamente a través de una pantalla, de la tele o de la radio, escuchando de forma pasiva cómo nos cuentas que es el  ese mundo en el que ahora nos podemos mover con más facilidad.

Durante el mes que he estado en Marruecos (vuelvo a repetir que es un tiempo absolutamente insuficiente para conocer algo a fondo) no he visto que la gente viva con el mismo miedo con el que vivimos aquí, en general. Tienen otros miedos, es cierto. Y otras condiciones de vida, muy duras algunas. Pero parece mentira que para todas las comodidades y oportunidades que tenemos, seamos incapaces de vivir realmente en paz y de forma coherente con lo que pensamos. De apreciar y valorar. Me sorprende ver que la tasa de depresiones se dispara en los países ricos. 

En "El miedo a la libertad" Erich Fromm exponía varios mecanismos de evasión que ha creado nuestra sociedad para seguir siendo esclava, porque ser libre implica tener una responsabilidad.

Por otro lado no es de extrañar. El sistema económico y social en el que vivimos, que tiene por objetivo comprar y comprar sin pensar en nada (¡sin pensar en nada!), necesita realmente al miedo como motor de sí mismo. También es una forma de que la gente se quede en casa pensando que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Porque si no tienes miedo a ser menos que tu vecino, entonces  no te endeudarías hasta las cejas para comprar ese todoterreno último modelo. Porque si las mujeres occidentales no tuviesen miedo a ser rechazadas por no parecerse Angelia Jolie, tampoco gastarían en antiarrugas, ni en pastillas adelgazantes, ni en montañas de ropa cada año. Porque si esa familia que tiene pocos ingresos no tiene miedo a ser etiquetada por los demás, no tiraría el dinero para aparentar. Quién sabe, tal vez sin miedo nos daría por pensar.Y puede que sin tantas cosas, nos quedase hueco para sentir.




17 jun 2013

Zygmunt Bauman y las relaciones sociales

No me resisto a pegar la entrevista al sociólogo Zygmunt Bauman que fue publicada hace unos días en "El País", realizada por Pilar Álvarez.

El sociólogo polaco es el autor del concepto "modernidad líquida", que describe a una sociedad en contante cambio; y en esta ocasión se refiere a las relaciones sociales. Reacciona contra las redes sociales como medio para relacionarse entre seres humanos, puesto que suplantan lo que realmente son las personas. Aquí dejo el texto íntegro:


Hemos perdido el arte de las relaciones sociales

“Hay que replantearse el concepto de felicidad, se lo digo totalmente en serio”. El hombre que bautizó este tiempo de incertidumbre como modernidad líquida repara durante gran parte de la conversación en el deseo más universal de la humanidad. El filósofo y pensador Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925), cree que se nos ha olvidado cómo alcanzarla: “Generamos una especie de sentido de la culpabilidad que nos lo impide”.

Bauman recaló recientemente en la capital para ofrecer una conferencia en la Universidad Europea de Madrid a propósito de su último libro Sobre la educación en un mundo líquido, publicado en 2013. La conversación transcurre en una mesa de reuniones, frente a una botella de agua que apenas toca y un gran ventanal. Y ahí, con un gesto grave como su voz, profundiza sobre la felicidad, la crisis económica, las redes sociales o la juventud. “La búsqueda de una vida mejor es lo que nos ha sacado de las cuevas, un instinto natural y perfectamente comprensible, pero en el último medio siglo se ha llegado a pensar que es equivalente al aumento de consumo y eso es muy peligroso”, señala el Premio Prícipe de Asturias 2010. Con mirada enérgica, anima a cambiar los referentes: “Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho”. Lo que se consume, lo que se compra “son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”, despacha el filósofo que, a sus 88 años, arranca y despide el encuentro matutino fumándose una pipa de tabaco y un cigarro.

Zygmunt Bauman no tiene teléfono móvil ni perfil en las redes sociales, pero “desgraciadamente” se ve obligado a observarlos de cerca: “No tengo más remedio que interesarme por estos fenómenos por motivos profesionales”. Abomina de ellos porque considera que invaden todos los espacios y diluyen las relaciones humanas. “El viejo límite sagrado entre el horario laboral y el tiempo personal ha desaparecido. Estamos permanentemente disponibles, siempre en el puesto de trabajo”, dice.Describe un círculo vicioso familiar a propósito de la asociación de felicidad y consumo. El padre o la madre que dedican parte del sueldo a comprar la consola al hijo, porque se sienten culpables al no dedicarles tiempo. Le hacen el regalo, pero el modelo queda obsoleto pronto y se comprometen a facilitarle el siguiente. “Para pagarlo necesitarán más éxito profesional, estar más disponibles para el jefe, usar un tiempo que quitarás a tu familia...”.

No le gusta el papel que juegan en la vida laboral y tampoco el que suplantan, en su opinión, en las relaciones personales. Se acuerda de Mark Zuckerberg, que ideó la red Facebook para ser un chico popular. “Claramente ha encontrado una mina de oro, pero el oro que él buscaba era otro: quería tener amigos”.

“Todo es más fácil en la vida virtual, pero hemos perdido el arte de las relaciones sociales y la amistad”, se detiene. Las pandillas de amigos o las comunidades de vecinos “no te aceptan porque sí, pero ser miembro de un grupo de en Facebook es facilísimo. Puedes tener más de 500 contactos sin moverte de casa, le das a un botón y ya”.