15 mar 2016

FELICES ESCLAVOS O LA LIBERTAD

"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombre dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida"

El Quijote , de Miguel de Cervantes

Hace tiempo que lo pienso: vivimos y vamos, cada vez más, hacia una sociedad narcotizada, tanto física como emocionalmente. Tomamos narcotizantes en busca de una sensación de felicidad que ansiamos conseguir de forma rápida, si es sin esfuerzo, mejor, una felicidad casi de "fast food", de usar y tirar, como tantas cosas que nos rodean. Y tal vez sea por ese ansia de felicidad,o por el efecto de dichos narcotizantes - que a penas distinguimos que lo sean-, que no sabemos ver más allá. 

Cada vez más, nos parecemos a esa sociedad que dibujaba Adolf Huxley en "Un mundo feliz", en la que ciudadanos autómatas toman su dosis diaria de soma; la droga que les aportaba felicidad y bienestar. En ese mundo no existía el dolor, ni las experiencias traumáticas, ni se sentía el paso del tiempo, ya que automáticamente aparentaban ser siempre jóvenes y al morir se deshacían de los cuerpos sin más. Ni si quiera existía el esfuerzo, ya que la sociedad se dividía en clases de listos a tontos, según su nacimiento: los listos tenían mejores trabajos, más medios, se relacionaban solo entre ellos... pero no por ser listos pensaban. Todos, absolutamente todos necesitaban su ración diaria de droga que les transportase a ese estado de felicidad para continuar viviendo así.

Da la sensación de que, cada vez más, necesitamos esa evasión de la realidad, a pesar de que  vivimos en el primer mundo, que ha conseguido derechos, progreso y lo presentamos como modelo a imitar. Y el sabe muy bien cómo ofrecérnosla: si estás de bajón, ¿qué mejor que irte de compras para olvidarlo?, si en las noticias no salen más que desgracias, ¿por qué no poner Gran Hermano?, si llevas una vida sedentaria y estás obeso, ¿qué mejor que una buena liposucción para recuperar esa felicidad perdida?

Todo esto por no hablar de cuando esta narcotización se realiza con pastillas de verdad. El consumo de antidepresivos, medicamentos para controlar la ansiedad, fármacos infantiles...se está disparando en los países más desarrollados. Y sí, seguro que hay quien sí lo necesite, pero basta con echar un vistazo a la realidad para darse cuenta de que, al margen de problemas puramente médicos, hay otros que no se pueden tratar a base de pastillas. 



Y es que tal vez hayamos sobre valorado la felicidad. Todos, sin excepción, la deseamos, para nosotros y para los que amamos. Pero hemos olvidado que hay algo mucho más valioso que esta, que es lo que nos realiza, lo que hace que algo valga la pena, lo más nos puede llenar: la libertad.

Se puede ser feliz evadiéndose todos los días, viviendo en alucinaciones; muchos lo hacen  y jurarán que son felices así, por eso necesitan seguir alcanzando esta felicidad. Pero el despertar es duro. Y es el que es. 
En cambio, la libertad hace que seamos conscientes de hasta qué punto somos responsables de lo que nos pasa, y podemos cambiarlo. ¿No será, acaso, que preferimos no pensar? La libertad cuesta esfuerzo. A veces es intentar e intentar y seguir intentando cambiar las cosas, y puede que ese esfuerzo no nos haga precisamente felices en ese momento; pero merece mil veces más la pena, eso irá perfilando quienes somos en realidad, la historia de nuestras luchas, de nuestra voluntad, de nuestra valentía. 

Hace poco, buscando información sobre este tema, dí con el genial artículo de Gregorio Luri titulado "El pienso felicitario" , que no tiene desperdicio, en el que aborda este tema desde la Educación. En su opinión, la felicidad no debe ser el único objetivo de la Educación. Hay que formar ciudadanos capaces de ser críticos, no solo felices. Se nos ha educado, cada vez más, en la cultura del no esfuerzo, de pensar que todo viene solo, como caído del cielo, y aunque no nos guste reconocerlos, nuestra quebradiza felicidad se basa en eso.

Y repito: todos, buscamos la felicidad, pero hay que saber encontrarla. Siempre hay un precio que pagar, y si lo queremos todo gratis, lo más seguro es que la calidad no sea buena. En conclusión, solo con la felicidad no se va a obtener libertad, como les pasa a los drogadictos. 


Pero con libertad, al menos sí sabremos que nuestra felicidad va a ser  auténtica.





1 oct 2014

DE PUTAS Y SANTAS

Esta es mi primera colaboración para la revista online "Proyecto Khalo", una publicación mensual que sigo desde hace meses y que desde el principio me enganchó. Se autodefine como una alternativa  a las revistas femeninas y todos sus artículos ponen el punto de mira en la mujer y su relación con el entorno, siempre con unas dosis de realidad, colaboración, análisis y sarcarsmo que no existen en las revistas femeninas actuales. Os invito a que la conozcáis y por supuesto a que leáis mi primer artículo.

El título puede ser chocante, malsonante o simplemente llamativo. Pero nada más lejos de la realidad; lo que trato de describir en este artículo son los dos extremos represivos del imaginario social entorno a la mujer, con la mayor objetividad posible. Si queréis leer el artículo en la web de "Proyecto Khalo", pinchad aquí: "De putas y santas"


                                      "Reine Paon" Imagen del ilustrador Benjamin Lacombe


-Mira Fulanita, vaya pintas que lleva, con esa falda, ayer estaba con uno y hoy con otro… ¡Menuda puta!
-Pues mira Menganita, con lo fea que es la pobre, siempre estudiando…No tiene “nivel” para venir con nosotras, ¡es muy santa!
¿Os suenan estas conversaciones? Seguro que más de una vez todas hemos oído (cuando no participado) en una de ellas. Ser puta o ser santa. La eterna dualidad para las mujeres. Y la lástima es que casi siempre somos las propias mujeres las que juzgamos así a las otras, sin darnos cuenta de que al hacerlo nos hacemos daño a nosotras mismas. Voy a escribir este artículo sobre las mujeres por el hecho de serlo, pero creo que en este juego del etiquetado somos todos, hombres y mujeres, quienes salimos perdiendo.
Parece como si en nuestra sociedad las mujeres sólo pudiésemos aspirar a estar en alguno de estos extremos, tan temidos, tan fáciles de determinar, tan catalogables. Putas o santas, malas o buenas, brujas o princesitas, vividoras sin conciencia o amargadas olvidadas de sí mismas… Todo o nada.
Voy a analizar exactamente a qué nos referimos -y en esto hay mucho de cultural- cuando decimos que una mujer es una puta o una santa.
Puta es aquella que ofrece sexo a cambio de dinero. Sin embargo, creo que cuando a una mujer se le llama “puta”, esta palabra denota mucho más, por el contexto cultural. Ser puta es ser vil, no tener escrúpulos ni conciencia. Es mucho más que vender el cuerpo, es haber vendido el alma, haberse salido del camino marcado y poder ser señalada con la letra escarlata. Es el tabú social, es ser indigna. Es un ser despersonalizado, sin amor ni disfrute propio. Por mucho que lo he pensado, no consigo encontrar una palabra negativa que describa a quien se beneficia del servicio de la puta: cliente, chulo (esta incluso denota superioridad), la  Madamme (“señora” en francés, a modo de respeto)… En el mismo lenguaje la puta se queda sola, porque aunque se dé que todos se aprovechen de ella, al final es ella sola la que ha de llevar la carga de ser lo que es en la sociedad en la que vivimos.Lo curioso de todo esto es que la puta está hecha para el placer de los demás, sin los demás, ser “puta” no tiene sentido.

Vamos a hora al otro extremo, el de la “santa”. Habrá quien piense que este no es tan dañino como el anterior, ya que culturalmente es más aceptado. A pesar de que muchos de los santos que aparecen en el calendario lo fueron por haber sido castigados por sus ideas religiosas (lo que implicaba valentía), ser “santa” es otra palabra cuyo significado se ha desvirtuado y tiene un significado social.
El diccionario la define como: “De especial virtud y ejemplo de persona sin culpa, venerable”.
Es aquella que no puede tener culpa porque nunca hace nada, y si hace es lo que está marcado. Por tanto, la cautela y la inactividad son su camino. Es todo lo opuesto a la puta: no contesta, es sumisa, debe sacrificarse por los demás ante todo. En nuestra sociedad esto se consigue por los medios más diversos: la imagen, la ropa, conseguir una posición social “bien vista”, una casa… Ser una mujer que no llame demasiado la atención para no deslumbrar, pero que la llame lo justo como para que los demás vean que sigue el buen camino. Es la niña buena transformada en chica aplicada, la mujer esperable. Su misión es velar por el resto, una santa no goza de su vida en pos de los demás, que pueden aprovecharse de esto.


                                                   
                                                      "Ella baila bembé", Canción de Amparanoia




Los demás… ¿Os suena esto de algo? ¿Será que la santa y la puta son dos barrotes de una misma cárcel?
Ambas están al servicio de la sociedad, son fácilmente identificables y etiquetables… Ni la santa ni la puta cubren sus propias necesidades, sino las de los demás. Ambas están totalmente desconectadas de cualquier deseo personal.
Ambas son figuras incómodas para las mujeres de nuestra sociedad. Las generaciones anteriores valoraban más el extremo de la santa por la influencia de la religión (la Virgen María es la santa por excelencia), y creo que hoy, por la influencia de los medios de comunicación, se nos quiere transmitir la imagen de que una mujer libre elegirá más el modelo de la puta. Lo peor es que muchas veces somos las propias mujeres quienes no nos paramos a pensar si realmente tenemos que movernos entre estos dos extremos que de por sí son falsos; ya que nos cortan los instintos más primarios y nos hacen creer que algunos de nuestros sentimientos y deseos son incompatibles con los demás. Se puede ser dulce a la vez luchar como una animal por lo que se quiere, ser sexual y tener aspiraciones espirituales, contestar con descaro cuando es necesario y querer cuidar o tener hijos. No sólo se puede hacer, si no que en realidad, se es realmente.
El propio ciclo menstrual (que por supuesto no es igual para todas) hace que el cuerpo de la mujer pase por distintas fases hormonales, físicas, emocionales: complementarias. De la menstruación a la ovulación hay cambios enormes en cuanto al deseo, a la sensibilidad al dolor, en cuanto a los fluidos físicos… Y todo este cambio dentro de una sola mujer una vez al mes… ¿Por qué no aceptar entonces estos cambios a nivel de sociedad al referirse a la mujer?

En su libro Las diosas en cada mujer,  la doctora Jean Shinoda muestra los arquetipos femeninos basados en las diosas griegas. Aunque nunca me ha parecido muy realista poner etiquetas, sí creo que es interesante ya que la cultura greco-latina es nuestro origen. Me llamó mucho la atención la referencia que hace a las diosas Afrodita y Hestia, que representaban el amor y la sexualidad la una y el mundo espiritual e interior la otra. Lo que en nuestra sociedad equivaldría a la puta y la santa, aunque en oposición a nuestra realidad social, aquí ambas deidades lucen por hacer muestra de su voluntad. Shinoda dice que tienen mucho más en común de lo que se podría pensar. Ambas son independientes, no dan explicaciones a nadie, han elegido libremente el lugar en el que están. “…(Afrodita) es capaz de centrarse en lo que para ella tiene personalmente sentido; los demás no pueden apartarla de su meta. Y en cuanto que lo que ella valora, es puramente subjetivo y no puede medirse en términos de éxito o de reconocimiento. Afrodita es  (paradójicamente) muy similar a la anónima e introvertida Hestia, que, aparentemente, es la diosa menos parecida a Afrodita.

Tener que elegir entre ser puta o ser santa es tener que estrangularse, dejar de respirar, amputarse una de las partes que van a ser vistas y juzgadas desde fuera. Y lo que es peor: es tener que separar la vida de la propia vida, dividir los instintos y las emociones, enloquecer por no poder juntar todo ello en una misma persona. Es ahogarnos en nosotras mismas y ponérnoslo muy difícil para salir a flote.